El Archivista: crónicas de Cuatro Gatos
Índice
- Para quien lo quiera leer: una presentación.
- El primer concierto: Alcalá de Henares
- Agosto 2002.
- Des-concierto.
- Arte total.
- Presentación del concierto de presentación:
21-2-2004.
- Utopía.
- Una minoría numerosa.
- Música inmortal.
Para
quien lo quiera leer: una presentación.
Mi
nombre no tiene importancia, pero sí mi
profesión: soy El Archivista, y
no suelo abandonar mi tarea a no ser que ocurra
algo realmente trascendental.
Hace
unos meses, mientras me hayaba ocupado intentando
descifrar viejos jeroglíficos filosóficos,
algunos signos en los cielos me hicieron sospechar
que algo iba a ocurrir. Seguí la pista
de los astros y ésta me condujo hasta un
grupo de extraños y algo peludos seres
que se hacen llamar Cuatro Gatos.
Al
principio no comprendí que podía
haber en ellos de especial: haraganes y obscenos,
nada en su comportamiento me dio una pista acerca
de sus habilidades, hasta que escuché su
música. Fue entonces cuando entendí
sin ningún género de dudas cuál
era mi misión.
Y
aquí estoy, para deciros que la música
de Cuatro Gatos ya está en la calle
y que se encuentra empaquetada en un CD de nombre
La caja de música.
En
cuanto a mí, te diré que desde estas
páginas intentaré hacerte saber
todo cuanto desees acerca de la banda y su música.
El
Archivista, 14-9-2003.
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El
primer concierto: Alcalá de Henares - Agosto
2002
Como dije, ciertos
signos celestes me habían llevado a aquella
ciudad que, por otra parte, conocí muy bien
en otros tiempos. Una gran cantidad de jóvenes
mortales se habían reunido para escuchar
a unos afamados juglares conocidos con el nombre
de Mägo de Oz. Pero yo estaba allí
para otra cosa.
Disfrazado, me mezclé
con la gente y me dispuse a escuchar lo que sabía
era el primer concierto de una nueva banda: Cuatro
Gatos. No suelo sorprenderme, pero en aquella
ocasión lo hice. Sobre el escenario descubrí
cinco individuos que sabían lo que hacían.
Lo primero que llamó
mi atención fue la sección rítmica,
pues resultaba poderosa e implacable: mientras la
batería de Joaquín, apodado
El Niño, daba contundente forma al
tiempo, Javier blandió su bajo como
solo un pirata podría hacer, y puso a la
gente literalmente a saltar. Algo estaba pasando.
Luego escuché
la voz de Iván: fuerte y desgarrada
fue capaz sin embargo de expresar desde las quejas
más radicales hasta los más emocionantes
sentimientos de unas letras que eran verdaderas
historias en sí mismas.
Si alguien duda de
que se puede ser duro y elegante a la vez es que
no conoce ni al guitarrista ni al teclista de Cuatro
Gatos, aquellos que se llaman Pedro y
Juanmi: haciendo volar literalmente sus dedos
sobre mástiles y teclados ambos desgranaron
melodías y ritmos con una perfección
y una potencia deslumbrantes.
Pero lo mejor fue
el propio conjunto, la banda como un todo: y la
prueba es que cuantos estábamos allí
caímos desde el primer tema a los pies de
un grupo hasta entonces desconocido. Aquellos tipos
nos brindaron seis canciones llenas de ideas y de
metal, de extrañas historias acerca de la
guerra, la inmortalidad o lo que hay más
allá de la realidad, canciones llenas de
watios y melodías.
La rendición
fue incondicional: el público cantó
letras que nunca había oído y coreó
el nombre de aquella nueva banda como si ya se tratase
de una leyenda.
El concierto de Cuatro
Gatos había acabado. Joaquín,
Javier, Iván, Pedro y Juanmi se despedían.
Entonces alguien se acercó a mí y
me dijo: "¿Pero quiénes son estos
tíos?", a lo que le contesté:
"son Cuatro Gatos. Y yo, desde hoy,
su cronista".
El
Archivista, 15-10-2003.
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Des-concierto
He de confesar
que desde que bajé de las montañas
para seguir el fenómeno Cuatro Gatos he
andado algo desconcertado.
Hasta los dieciocho
años no se puede votar. Entiendo que es
porque se considera que la especie humana no es
capaz de raciocinio hasta esa edad. Puede ser,
aunque si nos ponemos serios es posible que concluyamos
que la especie humana nunca es capaz de raciocinio.
Sin embargo, basta tener dieciséis años
para poder trabajar y hasta morir electrocutado
en lo alto de un torre o al caer de un andamio.
Las grandes televisiones
y radios se supone que intentan que sus contenidos
alcancen a la mayor cantidad de gente posible.
Sin embargo apenas se enteran de que hay grupos
de rock por ahí reuniendo a miles de personas
en sus conciertos, mientras se hartan de sacar
en sus programas a gente sonriente incapaz de
cantar y de decir nada más que majaderías
hasta que los convierten en ‘famosos’
por pura repetición.
Al personal le
prohíben drogarse, presuntamente para fomentar
la salud de sus cuerpos y mentes. Eso puede estar
bien. Lo que no entiendo es por qué entonces
permiten que las grandes empresas emponzoñen
el mundo con sus gases venenosos y sus productos
químicos; o que las televisiones entontezcan
a sus espectadores con basura de todas clases;
o que la gente conduzca automóviles, cuando
dicha actividad es la que mayor número
de muertes genera.
Para evitar el
consumo de alcohol, droga que por otra parte es
consumida en cantidades industriales por sus mayores,
se les prohíbe a los menores la entrada
a ciertos locales cerrados donde se dan ciertos
espectáculos como, por ejemplo, conciertos
de rock. No entiendo demasiado bien que para evitar
el consumo de alcohol también se evite
la asistencia a conciertos, pero lo que aún
entiendo menos es que esto no ocurra en otros
lugares como restaurantes de cómida basura
o salas de música clásica.
No soy tan estúpido
como para pensar que las drogas o el alcohol sean
buenos o para no saber cuánta gente se
queda más colgada que la lámpara
del salón. Pero lo que sí sé
que hay muchas formas de volver estúpida
a la gente además de las drogas, y que
prohibiendo jamás se ha conseguido nada,
y que la gente debe tener la posibilidad de decidir
qué hacer con su cuerpo y con su cabeza.
El rock no es la
solución de ningún problema. La
solución está en cada uno, en tener
la mente lo suficientemente clara para que a uno
no le engañen, para que a uno no le llenen
la cabeza de falsas y estúpidas necesidades,
de miedos estúpidos, de prejuicios estúpidos.
En el rock hay de todo, como en cualquier otro
lado: descerebrados y gente lista, buenos y malos
músicos, advenedizos y gente currante,
de todo. Pero algo especial debe tener, algo les
debe de escocer cuando tanto se preocupan los
que mandan de dificultarlo, de ocultarlo, de prohibirlo.
Desde que bajé
de las montañas he andado algo desconcertado.
Pero creo que empiezo a ver las cosas algo más
claras. Lo importante no es la salud del personal,
ni el desarrollo de su mente, ni la defensa de
sus derechos. Lo único importante es que
la mano de obra se mantenga lo suficientemente
sana y lúcida como para poder firmar contratos-basura,
trabajar en sus empleos-basura y después
consumir su tele y su comida-basura.
Sí, creo
que ya lo voy entendiendo.
Echo de menos las
montañas.
El
Archivista, 29-11-2003.
Nota: como webmaster
de este sitio web, y en nombre de Cuatro
Gatos, comunico que ni la banda ni yo mismo
nos hacemos responsables de las opiniones de este
excéntrico colaborador que es El Archivista.
Sin embargo, y pese a que el tipo vaya por libre
y no se encomiende ni a Dios ni al Diablo, también
pensamos que no se puede tener más razón.
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Arte total
El propio Juanmi lo
ha escrito: “Mi forma de trabajar es ahora un tanto
peculiar. Primero escribo las ideas; luego hago los diseños
gráficos; después la música y finalmente
la letra. Es raro, pero está funcionando”.
Hace ya más de cien años.
Richard Wagner, quizá el más grande
compositor de óperas, desarrolló un concepto
nuevo que revolucionó el arte de la época:
él mismo me lo explicó: “ya ha pasado
el tiempo de arte aisladas y parciales, ya ha pasado el
tiempo de artistas mediocres y limitados. Lo que yo quiero
es un arte total, un arte que lo englobe todo: música,
literatura, danza, artes plásticas. Yo no soy meramente
un músico. Yo quiero trasnmitir mis sentimientos
acerca del mundo, y para ello utilizo todo cuanto existe”.
Estaba hablando de lo que llamó Gesamtkunstwerk,
‘arte total’.
Sin pretender establecer comparaciones que
no vienen a cuento, esta es la manera de hacer de Juanmi.
Si uno lee sus letras se encuentra con la primera sorpresa:
todas cuentan historias. Son pequeños relatos increíblemente
sintetizados en los que unos personajes nos hablan de sus
cosas o nos describen extrañas situaciones. La segunda
sorpresa viene cuando prestamos atención a la música:
no se trata de meros acompañamientos para cantar
unas letras: la música crea el ambiente, hace que
sintamos lo que las palabras nos dicen, nos trasladan al
escenario donde se están moviendo esos personajes
que nos hablan.
La tercera sorpresa es que también
disponemos de escenografía. Pero no son simples telones
pintados: son imágenes evocadoras, diseños
surrealistas surgidos directamente de los sueños,
o quizá de las pesadillas, de Juanmi, que nos proporcionan
nuevos datos acerca de lo que está pasando. En La
caja de música ya se puede ver algo de todo esto
que digo, pero solo cuando se hagan públicos los
espectaculares diseños de XXXXXXXX (1)
se entenderá lo que pretendo explicar.
Resumiendo, arte total, como el que buscaba
mi viejo amigo Wagner. Y es que ambos comparten ser por
encima de todo inventores de historias. Quizá un
día podamos ver en el escenario todo lo que la cabeza
de Juanmi es capaz de imaginar.
El Archivista, 1-2-2004.
(1) Nota del webmaster:
aquí El Archivista ha querido dar una información
que aún no se puede divulgar. Paciencia.
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Presentación
del concierto de presentación de La caja de música
Se me llama de muchas
maneras,
aunque entre vosotros quiero ser conocido
únicamente por lo que hago:
soy el Archivista,
y habito en las montañas
dedicado a poner en orden mis recuerdos.
Sin embargo, mi misión es dar
fé
del nacimiento de las leyendas.
Hay quienes solo saben hablar
de lo que todo el mundo sabe:
por el contrario,
yo solo me preocupo del futuro.
Por eso estoy aquí.
Dentro de breves instantes
bajaré donde estáis
y me mezclaré con vosotros,
aunque no me reconoceréis:
os baste saber que quizá
sea ese que tenéis a vuestro lado
y que dentro de unos años, vosotros y yo,
podremos decir: “yo estuve allí”.
Pero antes debo completar mi tarea:
si miráis a vuestro alrededor
veréis que estamos en una gran caja,
una caja que de un momento a otro
se va a llenar de música.
Señoras, señores, es para
mí un privilegio
dar fe del nacimiento de una leyenda:
con ustedes, La caja de música
de Cuatro Gatos.
El Archivista,
21-2-2004.
Nota: con este texto del Archivista se abrió el
concierto de Cuatro Gatos celebrado en la sala
Caracol de Madrid el 21 de febrero de 2004 y en
el que se presentó La caja de música.
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Una vez, una presunta periodista le preguntó
en una entrevista televisiva a Jon Anderson (vocalista, multi-instrumentista
y compositor) lo siguiente: “¿por qué
siempre le gusta tocar con tan buenos músicos?”
El pobre Anderson se quedó de piedra durante unos instantes
antes de que las tablas de toda una vida contestando estupideces
saliesen en su ayuda y se pusiese a contar excelencias de
sus colegas.
A primera vista la cuestión parece
completamente estúpida. Y, efectivamente, lo es, pues
no parece que tenga mucho sentido tener que explicarle a alguien
que si los músicos son buenos la música será
mejor que si son malos...
Sin embargo, a poco que se piense en el asunto,
en seguida se ve que la pregunta es reveladora de algo tremendo:
la periodista, desde luego muy alejada del mundo del rock,
consideraba que estaba entrevistando a un “cantante”,
y que el hecho de que los músicos que le acompañaban
fuesen buenos le parecía algo anecdótico, una
curiosidad, incluso una manía del “artista”.
Esto es algo típico de un tipo de público
para quien la música no es más que una cara
guapita y una melodía facilona que poder recordar durante
los meses que esté de moda y luego olvidarla para siempre.
Para esta gente los músicos no son más que comparsas
para hacer bulto y la labor de los instrumentos “el
acompañamiento”.
Con esta forma de ver las cosas lo que muestran
es que no les gusta la música. Son simples consumidores
de canciones, como lo son de ropas de marca o de chicles de
colores.
Pero la música es algo más,
mucho más. La música es la forma de arte que
con mayor intensidad te saca lo que tienes dentro y le da
forma: rabia, frustración, deseos, sueños, proyectos...
todo se expresa a través del grito desgarrado de un
puñado de locos que tras cientos de horas de ensayo
y duro trabajo consiguen aunar sus voluntades para hacer algo
extraordinario: música.
Los humanos se juntan casi siempre para "joder"
a otros. Que unos tipos sin embargo se junten y sean capaces
de superar las dificultades que siempre surgen entre personas
de carácter para contar historias con su voz y sus
instrumentos me parece de lo más grande que se puede
encontrar uno en este mundo por lo general canallesco.
Hace tiempo me preguntaron que qué
era para mí la utopía. Recuerdo que proyecté
mi pensamiento en el futuro y me imaginé en el puente
de una nave estelar acompañado de buenos y eficientes
camaradas. Hoy, lo más parecido, es una banda de rock.
El Archivista, 10-5-2004.
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La paradójica expresión que
da título a este escrito es de Juanmi, y con ella quiere
referirse a toda esa gente del heavy que, dispersa por ahí
por el mundo, no se ve apoyada por los circuitos "radioformuleros"
y televisivos pero que, sin embargo, integra un público
apasionado, entusiasta y, sobre todo, entendido.
Cuatro Gatos, desde la aparición
de La caja de música, ha recibido a través
del correo electrónico, una cantidad más que
apreciable de mensajes escritos por gente de todas partes.
Todos los mensajes son de agradecer, vengan de donde vengan
y sean de quien sean: los chicos son vanidosos de nacimiento
y les encanta que el personal hable de ellos, aunque sea bien.
Sin embargo, es algo que me consta, aquellos llegados desde
"allende los mares" son recibidos con un agradecimiento
y una emoción especiales.
Yo lo entiendo. Cuando una banda se embarca
en una tarea como la de Cuatro Gatos las dudas siempre
son las mismas: "¿le interesará esto a
alguien?", "¿hay un público para nuestra
música?", "¿saldrá nuestras
canciones del círculo de nuestros amigos de siempre?".
Entonces se ponen a trabajar, graban un disco, y de pronto
empiezan a llegar al servidor mensajes de Ecuador, Honduras,
Perú, Colombia, Chile, Argentina, Méjico, Bolivia...
No hay duda: por encima de las barreras geográficas
una lengua común y una música común han
obrado el milagro.
Pero entonces surgen otras preguntas: si el
heavy sigue siendo un lenguaje universal, ¿por qué
se empeñan unos y otros en decir que el rock ha muerto?
Vivimos en un mundo dominado por el dinero
de las grandes compañías que a golpe de talón
imponen sus "estrellas" en radios y festivales.
Las grandes masas, demasiado perezosas para cuestionarse el
mundo o para preguntarse si habrá algo distinto de
esa basura que temporada tras temporada les venden, tragan
con lo que sea. Pero hay gente que no. Hay gente que pide
algo más, que pide bandas que hablen de sus problemas
y de sus sueños, que hablen de cambiar este mundo de
mierda, y que lo hagan con buena música.
Hasta hace poco eran las grandes cadenas y
la televisión los únicos medios de comunicación
para la gente amante de la música. Hoy hay un medio
nuevo: Internet. Quizá sea por mi avanzada edad, pero
tiendo a sospechar de las nuevas tecnologías: siempre
pienso que van a utilizarlas para controlarme. Si embargo,
con Internet podría ser distinto. La red permite una
comunicación barata y directa entre las personas interesadas
en un asunto determinado, una comunicación que no necesita
estar financiada por ninguna gran compañía.
Quizá esta nueva tecnología permita el milagro
del que hablaba antes. Quizá esta nueva tecnología,
por primera vez, nos de libertad en vez de quitárnosla.
Quizá con ella los amigos de todo el mundo podamos
unirnos. Ellos, los poperos y folklóricos de rigor
seguirán llevándose los premios. Pero quizá
gente de otro estilo, gente dispersa a lo largo y ancho del
planeta, pueda seguir compartiendo su pasión.
Sí, quizá sea el momento de
las minorías numerosas del rock duro, del heavy o del
progresivo. Pero quizá no. Todo dependerá de
vuestro apoyo. A los que ya lo dais, del lado de allá
y del lado de acá, gracias en nombre de CG.
El Archivista, 20-12-2004.
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Música
Inmortal
Pensaba
yo que la música era algo inmortal hecho por inmortales.
Pero no.
Hace
unos días me pasé por Málaga para ver
y escuchar a Jon Anderson, el mítico cantante de los
míticos Yes. El concierto se realizó en el Teatro
Cervantes, un pequeño y precioso lugar en el que los
asistentes pudimos disfrutar de la música cómodamente
sentados con un sonido perfecto.
Soy
más viejo que el más viejo, pero lo cierto es
que la juventud no abundaba por allí: la mayoría
del personal pasaba de los cuarenta años de largo,
y si se podía ver algún rostro joven es porque
de trataba del hijo de alguno de los asistentes...
Con
la música clásica la cosa no es mejor: resulta
patético asistir a un concierto de Beethoven o Stravinski,
porque las toses y carrasperas de los ancianos asistentes
apenas dejan escuchar una música que es, desde todos
los puntos de vista, sublime.
El
amigo Jon Anderson, que se presenta en escena SOLO y da su
concierto SOLO durante casi dos horas y tan solo auxiliado
de una guitarra midi, con la que es capaz de controlar él
SOLO una riqueza musical que más querrían muchas
bandas, un proyector de imágenes y su prodigiosa voz,
nos contó que el músico es un tipo que se deprime
una vez cada hora. Como le reímos la gracia nos explicó
que no, que no era broma, y que en su caso lo que le deprime
es que los jóvenes no escuchan su música. También
nos dijo que lo entendía, que entendía que una
música que no salía ni en las radios ni en la
MTV no podía llegar a la gente, pero que entenderlo
no le hacía sentirse mejor. Después de estos
lloros nos brindó una demostración de lo que
un genio puede hacer: y nos quedamos acojonados. A mí,
lo confieso, casi se me saltan las lágrimas: en primer
lugar, por la emoción que me produjo la música
que estaba escuchando; y, en segundo lugar, por saber que
estaba asistiendo a un funeral.
Con
la música clásica la cosa no es mejor: reducida
a ghetos culturales, sostenida por las compras de gente que
tiene un pie en la tumba y aislada en emisoras especializadas
que se sostiene con fondos públicos sin los cuales
no podrían subsistir, languidece tristemente pese al
apoyo de los gobiernos.
A
estas alturas supongo que te preguntarás a qué
viene todo esto. Viene a que esto, el rock, se va a la mierda.
Soy más viejo que el más viejo, y he visto nacer
y morir muchas culturas. Lo que pasa es que a esta cultura
del rock le había cogido cariño: quizá
por eso por un
tiempo creí que duraría algo más. Pero
confundí sin duda mis deseos con la realidad: insisto,
el rock se va a la mierda.
Cuando
estoy triste me voy a mi cueva: allí almaceno los registros
de las artes que me emocionaron en algún momento. En
una de las cavernas que la componen guardo los discos de vinilo,
los viejos LPs.: eran geniales, auténtica obras
de arte, y no me refiero a la música que guardaban.
Solo las portadas era prodigios de la imaginación:
uno contenía un periódico de 16 páginas
en el que los músicos se reían del mundo en
cada una de las noticias y artículos. En otro un álbum
fotográfico describía el viaje onírico
a través de una escalera al cielo. Otros nos llevaban
a través de océanos topográficos o nos
mostraban la cara endemoniada de un monstruo motorizado. Recuerdo
aquellos tiempos en los que mientras escuchaba uno la música
tan largamente esperada se dedicaba a explorar hasta el último
detalle los créditos, las imágenes, las letras,
las fotos, intentando descifrar cuanto secreto estuviese por
allí escondido.
No
pretendo soltar sermones: las cosas son como son, y bien sé
yo que nada puede parar la corriente de la historia: tan solo
pretendo describir lo que pasa. Hoy los discos son pequeños
círculos sin rostro que llenamos con música
venida de no se sabe dónde y de la que apenas si sabemos
los títulos de los temas. Hoy las discografías
de las bandas se multiplican hasta la saciedad a base de versiones,
directos, desenchufados, masters y demás. Las fotografías
de los miembros de los grupos se multiplican hasta el infinito
gracias a internet, de donde bajamos fotos, dibujos, banners,
vídeos y todo tipo de material gráfico. Y si
pensamos en información, sabemos hasta el día
y la hora en que cada músico dejó de tocarse
sus órganos sexuales para empezar a tocar un instrumento.
Y
está bien, está bien que haya tanta información
y que sea tan barata, está muy bien. Pero tendríais
que ver lo que tengo en mi cueva: aquellos viejos discos,
aquellas piezas únicas, llenas de secretos y promesas...
No
sé por qué me ando hoy tan por las ramas. Quizá
sea porque quiero retrasar lo más posible la conclusión
final: el rock se muere. ¿Queréis saber la razón?
Pues es muy sencilla: los músicos están perdiendo
su libertad.
Para
explicar lo que acabo de afirmar voy a retroceder más
de mil años: durante la Edad Media, el Renacimiento,
el Barroco y el Neoclasicismo, es decir, unos cuantos siglos,
los músicos eran tipos a sueldo de la Iglesia y los
aristócratas: componían y tocaban aquello que
a ellos, a los que mandaban, les salía de los cojones
(en su inmensa mayoría eran hombres). Fue con el romanticismo,
con tipos como Beethoven, cuando los músicos empezaron
a hacer lo que les salió de los cojones a ellos mismos.
En
la música popular el romanticismo se llama rock. Gente
como Led Zeppelin, Deep Purple, Yes o Jethro Tull alcanzaron
suficiente fama como para hacerse completamente independientes,
como para hacer lo que a ellos les parecía bien. ¿Y
eso gracias a qué? Pues a que por entonces era el público
el que decidía qué era bueno y era malo. ¿Y
cómo decidían eso? Comprando o no los discos.
Eso
se ha acabado. El público hemos dejado de comprar discos
oficiales: o compramos en el top manta o bajamos la música
de internet. La cuestión es que ninguno de los casos
los músicos se ven beneficiados. Los supergrandes,
los que están apoyados por las compañías
y salen en las radios y la MTV no tendrán problemas:
seguirán vendiendo lo suficiente. Pero los otros, los
pequeños, aquellos que ofrecen un producto nuevo, original,
auténtico, esos, sencillamente, no podrán
sobrevivir, a no ser que le hagan gracia a algún ejecutivo.
Lo diré de otro modo: antes eran los músicos
quienes producían y la gente quien seleccionaba. Ahora
no, ahora deciden las multinacionales.
Insisto:
no quiero dar sermones. Esto no tiene vuelta atrás.
Por mucho que yo diga aquí la gente no va a dejarse
sus escasos euros en comprar una música que puede conseguir
por nada. El hecho de que las pequeñas tiendas de discos
estén cerrando y solo queden los grandes almacenes;
el hecho de que cada vez haya menos conciertos de rock; el
hecho de que la música que se hace se diseñe
no en los locales de ensayo de los barrios sino en los departamentos
de marketing de las grandes compañías; el hecho
de que los músicos de rock no puedan vivir de lo que
hacen y tengan que dedicarse a otra cosa; nada de todo esto
va a cambiar nada.
Supongo
que si ahora dijese aquello de rock'n'roll
forever
este escrito mío terminaría estupendamente bien,
pero no lo voy a decir. No me sale bien decir cosas que no
siento. Y lo que siento es que el rock se muere. No sé
qué es lo que se avecina: no se me da bien hacer de
profeta. Lo que está claro es que lo que está
por venir será algo completamente distinto. Y no necesariamente
mejor. Lo único que parece claro es que, sea lo que
sea, será algo menos libre que el rock, este maravilloso
inventó que estamos matando. Es posible que algunos
grupos sobrevivan aún por algún tiempo: genial
por ellos. Es posible que algunos comentaristas sigan diciendo
eso de rock'n'roll
forever
: y es lógico: les va el sueldo en ello. Y yo, como
ya he dicho, soy más viejo que el más viejo,
y sobreviviré, como todos, a la muerte del rock.
Pero lo cierto
es que el rock se muere. Y la vida será entonces mucho
más triste..
El Archivista,
16-10-2005.
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