Pensaba yo que la música era algo inmortal hecho por inmortales. Pero no.
Hace unos días me pasé por Málaga para ver y escuchar a Jon Anderson, el mítico cantante de los míticos Yes. El concierto se realizó en el Teatro Cervantes, un pequeño y precioso lugar en el que los asistentes pudimos disfrutar de la música cómodamente sentados con un sonido perfecto.
Soy más viejo que el más viejo, pero lo cierto es que la juventud no abundaba por allí: la mayoría del personal pasaba de los cuarenta años de largo, y si se podía ver algún rostro joven es porque de trataba del hijo de alguno de los asistentes...
Con la música clásica la cosa no es mejor: resulta patético asistir a un concierto de Beethoven o Stravinski, porque las toses y carrasperas de los ancianos asistentes apenas dejan escuchar una música que es, desde todos los puntos de vista, sublime.
El amigo Jon Anderson, que se presenta en escena SOLO y da su concierto SOLO durante casi dos horas y tan solo auxiliado de una guitarra midi, con la que es capaz de controlar él SOLO una riqueza musical que más querrían muchas bandas, un proyector de imágenes y su prodigiosa voz, nos contó que el músico es un tipo que se deprime una vez cada hora. Como le reímos la gracia nos explicó que no, que no era broma, y que en su caso lo que le deprime es que los jóvenes no escuchan su música. También nos dijo que lo entendía, que entendía que una música que no salía ni en las radios ni en la MTV no podía llegar a la gente, pero que entenderlo no le hacía sentirse mejor. Después de estos lloros nos brindó una demostración de lo que un genio puede hacer: y nos quedamos acojonados. A mí, lo confieso, casi se me saltan las lágrimas: en primer lugar, por la emoción que me produjo la música que estaba escuchando; y, en segundo lugar, por saber que estaba asistiendo a un funeral.
Con la música clásica la cosa no es mejor: reducida a ghetos culturales, sostenida por las compras de gente que tiene un pie en la tumba y aislada en emisoras especializadas que se sostiene con fondos públicos sin los cuales no podrían subsistir, languidece tristemente pese al apoyo de los gobiernos.
A estas alturas supongo que te preguntarás a qué viene todo esto. Viene a que esto, el rock, se va a la mierda. Soy más viejo que el más viejo, y he visto nacer y morir muchas culturas. Lo que pasa es que a esta cultura del rock le había cogido cariño: quizá por eso por un tiempo creí que duraría algo más. Pero confundí sin duda mis deseos con la realidad: insisto, el rock se va a la mierda.
Cuando estoy triste me voy a mi cueva: allí almaceno los registros de las artes que me emocionaron en algún momento. En una de las cavernas que la componen guardo los discos de vinilo, los viejos LPs.: eran geniales, auténtica obras de arte, y no me refiero a la música que guardaban. Solo las portadas era prodigios de la imaginación: uno contenía un periódico de 16 páginas en el que los músicos se reían del mundo en cada una de las noticias y artículos. En otro un álbum fotográfico describía el viaje onírico a través de una escalera al cielo. Otros nos llevaban a través de océanos topográficos o nos mostraban la cara endemoniada de un monstruo motorizado. Recuerdo aquellos tiempos en los que mientras escuchaba uno la música tan largamente esperada se dedicaba a explorar hasta el último detalle los créditos, las imágenes, las letras, las fotos, intentando descifrar cuanto secreto estuviese por allí escondido.
No pretendo soltar sermones: las cosas son como son, y bien sé yo que nada puede parar la corriente de la historia: tan solo pretendo describir lo que pasa. Hoy los discos son pequeños círculos sin rostro que llenamos con música venida de no se sabe dónde y de la que apenas si sabemos los títulos de los temas. Hoy las discografías de las bandas se multiplican hasta la saciedad a base de versiones, directos, desenchufados, masters y demás. Las fotografías de los miembros de los grupos se multiplican hasta el infinito gracias a internet, de donde bajamos fotos, dibujos, banners, vídeos y todo tipo de material gráfico. Y si pensamos en información, sabemos hasta el día y la hora en que cada músico dejó de tocarse sus órganos sexuales para empezar a tocar un instrumento.
Y está bien, está bien que haya tanta información y que sea tan barata, está muy bien. Pero tendríais que ver lo que tengo en mi cueva: aquellos viejos discos, aquellas piezas únicas, llenas de secretos y promesas...
No sé por qué me ando hoy tan por las ramas. Quizá sea porque quiero retrasar lo más posible la conclusión final: el rock se muere. ¿Queréis saber la razón? Pues es muy sencilla: los músicos están perdiendo su libertad.
Para explicar lo que acabo de afirmar voy a retroceder más de mil años: durante la Edad Media, el Renacimiento, el Barroco y el Neoclasicismo, es decir, unos cuantos siglos, los músicos eran tipos a sueldo de la Iglesia y los aristócratas: componían y tocaban aquello que a ellos, a los que mandaban, les salía de los cojones (en su inmensa mayoría eran hombres). Fue con el romanticismo, con tipos como Beethoven, cuando los músicos empezaron a hacer lo que les salió de los cojones a ellos mismos.
En la música popular el romanticismo se llama rock. Gente como Led Zeppelin, Deep Purple, Yes o Jethro Tull alcanzaron suficiente fama como para hacerse completamente independientes, como para hacer lo que a ellos les parecía bien. ¿Y eso gracias a qué? Pues a que por entonces era el público el que decidía qué era bueno y era malo. ¿Y cómo decidían eso? Comprando o no los discos.
Eso se ha acabado. El público hemos dejado de comprar discos oficiales: o compramos en el top manta o bajamos la música de internet. La cuestión es que ninguno de los casos los músicos se ven beneficiados. Los supergrandes, los que están apoyados por las compañías y salen en las radios y la MTV no tendrán problemas: seguirán vendiendo lo suficiente. Pero los otros, los pequeños, aquellos que ofrecen un producto nuevo, original, auténtico, esos, sencillamente, no podrán sobrevivir, a no ser que le hagan gracia a algún ejecutivo. Lo diré de otro modo: antes eran los músicos quienes producían y la gente quien seleccionaba. Ahora no, ahora deciden las multinacionales.
Insisto: no quiero dar sermones. Esto no tiene vuelta atrás. Por mucho que yo diga aquí la gente no va a dejarse sus escasos euros en comprar una música que puede conseguir por nada. El hecho de que las pequeñas tiendas de discos estén cerrando y solo queden los grandes almacenes; el hecho de que cada vez haya menos conciertos de rock; el hecho de que la música que se hace se diseñe no en los locales de ensayo de los barrios sino en los departamentos de marketing de las grandes compañías; el hecho de que los músicos de rock no puedan vivir de lo que hacen y tengan que dedicarse a otra cosa; nada de todo esto va a cambiar nada.
Supongo que si ahora dijese aquello de rock'n'roll forever este escrito mío terminaría estupendamente bien, pero no lo voy a decir. No me sale bien decir cosas que no siento. Y lo que siento es que el rock se muere. No sé qué es lo que se avecina: no se me da bien hacer de profeta. Lo que está claro es que lo que está por venir será algo completamente distinto. Y no necesariamente mejor. Lo único que parece claro es que, sea lo que sea, será algo menos libre que el rock, este maravilloso inventó que estamos matando. Es posible que algunos grupos sobrevivan aún por algún tiempo: genial por ellos. Es posible que algunos comentaristas sigan diciendo eso de rock'n'roll forever : y es lógico: les va el sueldo en ello. Y yo, como ya he dicho, soy más viejo que el más viejo, y sobreviviré, como todos, a la muerte del rock.
Pero lo cierto es que el rock se muere. Y la vida será entonces mucho más triste..
El Archivista, 16-10-2005.