El Archivista: crónicas de Cuatro Gatos

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Para quien lo quiera leer: una presentación.

Mi nombre no tiene importancia, pero sí mi profesión: soy El Archivista, y no suelo abandonar mi tarea a no ser que ocurra algo realmente trascendental.

Hace unos meses, mientras me hayaba ocupado intentando descifrar viejos jeroglíficos filosóficos, algunos signos en los cielos me hicieron sospechar que algo iba a ocurrir. Seguí la pista de los astros y ésta me condujo hasta un grupo de extraños y algo peludos seres que se hacen llamar Cuatro Gatos.

Al principio no comprendí que podía haber en ellos de especial: haraganes y obscenos, nada en su comportamiento me dio una pista acerca de sus habilidades, hasta que escuché su música. Fue entonces cuando entendí sin ningún género de dudas cuál era mi misión.

Y aquí estoy, para deciros que la música de Cuatro Gatos ya está en la calle y que se encuentra empaquetada en un CD de nombre La caja de música.

En cuanto a mí, te diré que desde estas páginas intentaré hacerte saber todo cuanto desees acerca de la banda y su música.

El Archivista, 14-9-2003.



El primer concierto: Alcalá de Henares - Agosto 2002

Como dije, ciertos signos celestes me habían llevado a aquella ciudad que, por otra parte, conocí muy bien en otros tiempos. Una gran cantidad de jóvenes mortales se habían reunido para escuchar a unos afamados juglares conocidos con el nombre de Mägo de Oz. Pero yo estaba allí para otra cosa.

Disfrazado, me mezclé con la gente y me dispuse a escuchar lo que sabía era el primer concierto de una nueva banda: Cuatro Gatos. No suelo sorprenderme, pero en aquella ocasión lo hice. Sobre el escenario descubrí cinco individuos que sabían lo que hacían.

Lo primero que llamó mi atención fue la sección rítmica, pues resultaba poderosa e implacable: mientras la batería de Joaquín, apodado El Niño, daba contundente forma al tiempo, Javier blandió su bajo como solo un pirata podría hacer, y puso a la gente literalmente a saltar. Algo estaba pasando.

Luego escuché la voz de Iván: fuerte y desgarrada fue capaz sin embargo de expresar desde las quejas más radicales hasta los más emocionantes sentimientos de unas letras que eran verdaderas historias en sí mismas.

Si alguien duda de que se puede ser duro y elegante a la vez es que no conoce ni al guitarrista ni al teclista de Cuatro Gatos, aquellos que se llaman Pedro y Juanmi: haciendo volar literalmente sus dedos sobre mástiles y teclados ambos desgranaron melodías y ritmos con una perfección y una potencia deslumbrantes.

Pero lo mejor fue el propio conjunto, la banda como un todo: y la prueba es que cuantos estábamos allí caímos desde el primer tema a los pies de un grupo hasta entonces desconocido. Aquellos tipos nos brindaron seis canciones llenas de ideas y de metal, de extrañas historias acerca de la guerra, la inmortalidad o lo que hay más allá de la realidad, canciones llenas de watios y melodías.

La rendición fue incondicional: el público cantó letras que nunca había oído y coreó el nombre de aquella nueva banda como si ya se tratase de una leyenda.

El concierto de Cuatro Gatos había acabado. Joaquín, Javier, Iván, Pedro y Juanmi se despedían. Entonces alguien se acercó a mí y me dijo: "¿Pero quiénes son estos tíos?", a lo que le contesté: "son Cuatro Gatos. Y yo, desde hoy, su cronista".

El Archivista, 15-10-2003.



Des-concierto

He de confesar que desde que bajé de las montañas para seguir el fenómeno Cuatro Gatos he andado algo desconcertado.

Hasta los dieciocho años no se puede votar. Entiendo que es porque se considera que la especie humana no es capaz de raciocinio hasta esa edad. Puede ser, aunque si nos ponemos serios es posible que concluyamos que la especie humana nunca es capaz de raciocinio. Sin embargo, basta tener dieciséis años para poder trabajar y hasta morir electrocutado en lo alto de un torre o al caer de un andamio.

Las grandes televisiones y radios se supone que intentan que sus contenidos alcancen a la mayor cantidad de gente posible. Sin embargo apenas se enteran de que hay grupos de rock por ahí reuniendo a miles de personas en sus conciertos, mientras se hartan de sacar en sus programas a gente sonriente incapaz de cantar y de decir nada más que majaderías hasta que los convierten en ‘famosos’ por pura repetición.

Al personal le prohíben drogarse, presuntamente para fomentar la salud de sus cuerpos y mentes. Eso puede estar bien. Lo que no entiendo es por qué entonces permiten que las grandes empresas emponzoñen el mundo con sus gases venenosos y sus productos químicos; o que las televisiones entontezcan a sus espectadores con basura de todas clases; o que la gente conduzca automóviles, cuando dicha actividad es la que mayor número de muertes genera.

Para evitar el consumo de alcohol, droga que por otra parte es consumida en cantidades industriales por sus mayores, se les prohíbe a los menores la entrada a ciertos locales cerrados donde se dan ciertos espectáculos como, por ejemplo, conciertos de rock. No entiendo demasiado bien que para evitar el consumo de alcohol también se evite la asistencia a conciertos, pero lo que aún entiendo menos es que esto no ocurra en otros lugares como restaurantes de cómida basura o salas de música clásica.

No soy tan estúpido como para pensar que las drogas o el alcohol sean buenos o para no saber cuánta gente se queda más colgada que la lámpara del salón. Pero lo que sí sé que hay muchas formas de volver estúpida a la gente además de las drogas, y que prohibiendo jamás se ha conseguido nada, y que la gente debe tener la posibilidad de decidir qué hacer con su cuerpo y con su cabeza.

El rock no es la solución de ningún problema. La solución está en cada uno, en tener la mente lo suficientemente clara para que a uno no le engañen, para que a uno no le llenen la cabeza de falsas y estúpidas necesidades, de miedos estúpidos, de prejuicios estúpidos. En el rock hay de todo, como en cualquier otro lado: descerebrados y gente lista, buenos y malos músicos, advenedizos y gente currante, de todo. Pero algo especial debe tener, algo les debe de escocer cuando tanto se preocupan los que mandan de dificultarlo, de ocultarlo, de prohibirlo.

Desde que bajé de las montañas he andado algo desconcertado. Pero creo que empiezo a ver las cosas algo más claras. Lo importante no es la salud del personal, ni el desarrollo de su mente, ni la defensa de sus derechos. Lo único importante es que la mano de obra se mantenga lo suficientemente sana y lúcida como para poder firmar contratos-basura, trabajar en sus empleos-basura y después consumir su tele y su comida-basura.

Sí, creo que ya lo voy entendiendo.

Echo de menos las montañas.

El Archivista, 29-11-2003.


Nota: como webmaster de este sitio web, y en nombre de Cuatro Gatos, comunico que ni la banda ni yo mismo nos hacemos responsables de las opiniones de este excéntrico colaborador que es El Archivista. Sin embargo, y pese a que el tipo vaya por libre y no se encomiende ni a Dios ni al Diablo, también pensamos que no se puede tener más razón.



Arte total

El propio Juanmi lo ha escrito: “Mi forma de trabajar es ahora un tanto peculiar. Primero escribo las ideas; luego hago los diseños gráficos; después la música y finalmente la letra. Es raro, pero está funcionando”.

Hace ya más de cien años. Richard Wagner, quizá el más grande compositor de óperas, desarrolló un concepto nuevo que revolucionó el arte de la época: él mismo me lo explicó: “ya ha pasado el tiempo de arte aisladas y parciales, ya ha pasado el tiempo de artistas mediocres y limitados. Lo que yo quiero es un arte total, un arte que lo englobe todo: música, literatura, danza, artes plásticas. Yo no soy meramente un músico. Yo quiero trasnmitir mis sentimientos acerca del mundo, y para ello utilizo todo cuanto existe”. Estaba hablando de lo que llamó Gesamtkunstwerk, ‘arte total’.

Sin pretender establecer comparaciones que no vienen a cuento, esta es la manera de hacer de Juanmi. Si uno lee sus letras se encuentra con la primera sorpresa: todas cuentan historias. Son pequeños relatos increíblemente sintetizados en los que unos personajes nos hablan de sus cosas o nos describen extrañas situaciones. La segunda sorpresa viene cuando prestamos atención a la música: no se trata de meros acompañamientos para cantar unas letras: la música crea el ambiente, hace que sintamos lo que las palabras nos dicen, nos trasladan al escenario donde se están moviendo esos personajes que nos hablan.

La tercera sorpresa es que también disponemos de escenografía. Pero no son simples telones pintados: son imágenes evocadoras, diseños surrealistas surgidos directamente de los sueños, o quizá de las pesadillas, de Juanmi, que nos proporcionan nuevos datos acerca de lo que está pasando. En La caja de música ya se puede ver algo de todo esto que digo, pero solo cuando se hagan públicos los espectaculares diseños de XXXXXXXX (1) se entenderá lo que pretendo explicar.

Resumiendo, arte total, como el que buscaba mi viejo amigo Wagner. Y es que ambos comparten ser por encima de todo inventores de historias. Quizá un día podamos ver en el escenario todo lo que la cabeza de Juanmi es capaz de imaginar.

El Archivista, 1-2-2004.


(1) Nota del webmaster: aquí El Archivista ha querido dar una información que aún no se puede divulgar. Paciencia.



Presentación del concierto de presentación de La caja de música

Se me llama de muchas maneras,
aunque entre vosotros quiero ser conocido
únicamente por lo que hago:
soy el Archivista,
y habito en las montañas
dedicado a poner en orden mis recuerdos.

Sin embargo, mi misión es dar fé
del nacimiento de las leyendas.
Hay quienes solo saben hablar
de lo que todo el mundo sabe:
por el contrario,
yo solo me preocupo del futuro.
Por eso estoy aquí.

Dentro de breves instantes
bajaré donde estáis
y me mezclaré con vosotros,
aunque no me reconoceréis:
os baste saber que quizá
sea ese que tenéis a vuestro lado
y que dentro de unos años, vosotros y yo,
podremos decir: “yo estuve allí”.

Pero antes debo completar mi tarea:
si miráis a vuestro alrededor
veréis que estamos en una gran caja,
una caja que de un momento a otro
se va a llenar de música.

Señoras, señores, es para mí un privilegio
dar fe del nacimiento de una leyenda:
con ustedes, La caja de música de Cuatro Gatos.

El Archivista, 21-2-2004.


Nota: con este texto del Archivista se abrió el concierto de Cuatro Gatos celebrado en la sala Caracol de Madrid el 21 de febrero de 2004 y en el que se presentó La caja de música.


Utopía

Una vez, una presunta periodista le preguntó en una entrevista televisiva a Jon Anderson (vocalista, multi-instrumentista y compositor) lo siguiente: “¿por qué siempre le gusta tocar con tan buenos músicos?” El pobre Anderson se quedó de piedra durante unos instantes antes de que las tablas de toda una vida contestando estupideces saliesen en su ayuda y se pusiese a contar excelencias de sus colegas.

A primera vista la cuestión parece completamente estúpida. Y, efectivamente, lo es, pues no parece que tenga mucho sentido tener que explicarle a alguien que si los músicos son buenos la música será mejor que si son malos...

Sin embargo, a poco que se piense en el asunto, en seguida se ve que la pregunta es reveladora de algo tremendo: la periodista, desde luego muy alejada del mundo del rock, consideraba que estaba entrevistando a un “cantante”, y que el hecho de que los músicos que le acompañaban fuesen buenos le parecía algo anecdótico, una curiosidad, incluso una manía del “artista”.

Esto es algo típico de un tipo de público para quien la música no es más que una cara guapita y una melodía facilona que poder recordar durante los meses que esté de moda y luego olvidarla para siempre. Para esta gente los músicos no son más que comparsas para hacer bulto y la labor de los instrumentos “el acompañamiento”.

Con esta forma de ver las cosas lo que muestran es que no les gusta la música. Son simples consumidores de canciones, como lo son de ropas de marca o de chicles de colores.

Pero la música es algo más, mucho más. La música es la forma de arte que con mayor intensidad te saca lo que tienes dentro y le da forma: rabia, frustración, deseos, sueños, proyectos... todo se expresa a través del grito desgarrado de un puñado de locos que tras cientos de horas de ensayo y duro trabajo consiguen aunar sus voluntades para hacer algo extraordinario: música.

Los humanos se juntan casi siempre para "joder" a otros. Que unos tipos sin embargo se junten y sean capaces de superar las dificultades que siempre surgen entre personas de carácter para contar historias con su voz y sus instrumentos me parece de lo más grande que se puede encontrar uno en este mundo por lo general canallesco.

Hace tiempo me preguntaron que qué era para mí la utopía. Recuerdo que proyecté mi pensamiento en el futuro y me imaginé en el puente de una nave estelar acompañado de buenos y eficientes camaradas. Hoy, lo más parecido, es una banda de rock.

El Archivista, 10-5-2004.



Una minoría numerosa

La paradójica expresión que da título a este escrito es de Juanmi, y con ella quiere referirse a toda esa gente del heavy que, dispersa por ahí por el mundo, no se ve apoyada por los circuitos "radioformuleros" y televisivos pero que, sin embargo, integra un público apasionado, entusiasta y, sobre todo, entendido.

Cuatro Gatos, desde la aparición de La caja de música, ha recibido a través del correo electrónico, una cantidad más que apreciable de mensajes escritos por gente de todas partes. Todos los mensajes son de agradecer, vengan de donde vengan y sean de quien sean: los chicos son vanidosos de nacimiento y les encanta que el personal hable de ellos, aunque sea bien. Sin embargo, es algo que me consta, aquellos llegados desde "allende los mares" son recibidos con un agradecimiento y una emoción especiales.

Yo lo entiendo. Cuando una banda se embarca en una tarea como la de Cuatro Gatos las dudas siempre son las mismas: "¿le interesará esto a alguien?", "¿hay un público para nuestra música?", "¿saldrá nuestras canciones del círculo de nuestros amigos de siempre?". Entonces se ponen a trabajar, graban un disco, y de pronto empiezan a llegar al servidor mensajes de Ecuador, Honduras, Perú, Colombia, Chile, Argentina, Méjico, Bolivia... No hay duda: por encima de las barreras geográficas una lengua común y una música común han obrado el milagro.

Pero entonces surgen otras preguntas: si el heavy sigue siendo un lenguaje universal, ¿por qué se empeñan unos y otros en decir que el rock ha muerto?

Vivimos en un mundo dominado por el dinero de las grandes compañías que a golpe de talón imponen sus "estrellas" en radios y festivales. Las grandes masas, demasiado perezosas para cuestionarse el mundo o para preguntarse si habrá algo distinto de esa basura que temporada tras temporada les venden, tragan con lo que sea. Pero hay gente que no. Hay gente que pide algo más, que pide bandas que hablen de sus problemas y de sus sueños, que hablen de cambiar este mundo de mierda, y que lo hagan con buena música.

Hasta hace poco eran las grandes cadenas y la televisión los únicos medios de comunicación para la gente amante de la música. Hoy hay un medio nuevo: Internet. Quizá sea por mi avanzada edad, pero tiendo a sospechar de las nuevas tecnologías: siempre pienso que van a utilizarlas para controlarme. Si embargo, con Internet podría ser distinto. La red permite una comunicación barata y directa entre las personas interesadas en un asunto determinado, una comunicación que no necesita estar financiada por ninguna gran compañía. Quizá esta nueva tecnología permita el milagro del que hablaba antes. Quizá esta nueva tecnología, por primera vez, nos de libertad en vez de quitárnosla. Quizá con ella los amigos de todo el mundo podamos unirnos. Ellos, los poperos y folklóricos de rigor seguirán llevándose los premios. Pero quizá gente de otro estilo, gente dispersa a lo largo y ancho del planeta, pueda seguir compartiendo su pasión.

Sí, quizá sea el momento de las minorías numerosas del rock duro, del heavy o del progresivo. Pero quizá no. Todo dependerá de vuestro apoyo. A los que ya lo dais, del lado de allá y del lado de acá, gracias en nombre de CG.

El Archivista, 20-12-2004.

Música Inmortal

Pensaba yo que la música era algo inmortal hecho por inmortales. Pero no.

Hace unos días me pasé por Málaga para ver y escuchar a Jon Anderson, el mítico cantante de los míticos Yes. El concierto se realizó en el Teatro Cervantes, un pequeño y precioso lugar en el que los asistentes pudimos disfrutar de la música cómodamente sentados con un sonido perfecto.

Soy más viejo que el más viejo, pero lo cierto es que la juventud no abundaba por allí: la mayoría del personal pasaba de los cuarenta años de largo, y si se podía ver algún rostro joven es porque de trataba del hijo de alguno de los asistentes...

Con la música clásica la cosa no es mejor: resulta patético asistir a un concierto de Beethoven o Stravinski, porque las toses y carrasperas de los ancianos asistentes apenas dejan escuchar una música que es, desde todos los puntos de vista, sublime.

El amigo Jon Anderson, que se presenta en escena SOLO y da su concierto SOLO durante casi dos horas y tan solo auxiliado de una guitarra midi, con la que es capaz de controlar él SOLO una riqueza musical que más querrían muchas bandas, un proyector de imágenes y su prodigiosa voz, nos contó que el músico es un tipo que se deprime una vez cada hora. Como le reímos la gracia nos explicó que no, que no era broma, y que en su caso lo que le deprime es que los jóvenes no escuchan su música. También nos dijo que lo entendía, que entendía que una música que no salía ni en las radios ni en la MTV no podía llegar a la gente, pero que entenderlo no le hacía sentirse mejor. Después de estos lloros nos brindó una demostración de lo que un genio puede hacer: y nos quedamos acojonados. A mí, lo confieso, casi se me saltan las lágrimas: en primer lugar, por la emoción que me produjo la música que estaba escuchando; y, en segundo lugar, por saber que estaba asistiendo a un funeral.

Con la música clásica la cosa no es mejor: reducida a ghetos culturales, sostenida por las compras de gente que tiene un pie en la tumba y aislada en emisoras especializadas que se sostiene con fondos públicos sin los cuales no podrían subsistir, languidece tristemente pese al apoyo de los gobiernos.

A estas alturas supongo que te preguntarás a qué viene todo esto. Viene a que esto, el rock, se va a la mierda. Soy más viejo que el más viejo, y he visto nacer y morir muchas culturas. Lo que pasa es que a esta cultura del rock le había cogido cariño: quizá por eso  por un tiempo creí que duraría algo más. Pero confundí sin duda mis deseos con la realidad: insisto, el rock se va a la mierda.

Cuando estoy triste me voy a mi cueva: allí almaceno los registros de las artes que me emocionaron en algún momento. En una de las cavernas que la componen guardo los discos de vinilo, los viejos LP’s.: eran geniales, auténtica obras de arte, y no me refiero a la música que guardaban. Solo las portadas era prodigios de la imaginación: uno contenía un periódico de 16 páginas en el que los músicos se reían del mundo en cada una de las noticias y artículos. En otro un álbum fotográfico describía el viaje onírico a través de una escalera al cielo. Otros nos llevaban a través de océanos topográficos o nos mostraban la cara endemoniada de un monstruo motorizado. Recuerdo aquellos tiempos en los que mientras escuchaba uno la música tan largamente esperada se dedicaba a explorar hasta el último detalle los créditos, las imágenes, las letras, las fotos, intentando descifrar cuanto secreto estuviese por allí escondido.

No pretendo soltar sermones: las cosas son como son, y bien sé yo que nada puede parar la corriente de la historia: tan solo pretendo describir lo que pasa. Hoy los discos son pequeños círculos sin rostro que llenamos con música venida de no se sabe dónde y de la que apenas si sabemos los títulos de los temas. Hoy las discografías de las bandas se multiplican hasta la saciedad a base de versiones, directos, desenchufados, masters y demás. Las fotografías de los miembros de los grupos se multiplican hasta el infinito gracias a internet, de donde bajamos fotos, dibujos, banners, vídeos y todo tipo de material gráfico. Y si pensamos en información, sabemos hasta el día y la hora en que cada músico dejó de tocarse sus órganos sexuales para empezar a tocar un instrumento.

Y está bien, está bien que haya tanta información y que sea tan barata, está muy bien. Pero tendríais que ver lo que tengo en mi cueva: aquellos viejos discos, aquellas piezas únicas, llenas de secretos y promesas...

No sé por qué me ando hoy tan por las ramas. Quizá sea porque quiero retrasar lo más posible la conclusión final: el rock se muere. ¿Queréis saber la razón? Pues es muy sencilla: los músicos están perdiendo su libertad.

Para explicar lo que acabo de afirmar voy a retroceder más de mil años: durante la Edad Media, el Renacimiento, el Barroco y el Neoclasicismo, es decir, unos cuantos siglos, los músicos eran tipos a sueldo de la Iglesia y los aristócratas: componían y tocaban aquello que a ellos, a los que mandaban, les salía de los cojones (en su inmensa mayoría eran hombres). Fue con el romanticismo, con tipos como Beethoven, cuando los músicos empezaron a hacer lo que les salió de los cojones a ellos mismos.

En la música popular el romanticismo se llama rock. Gente como Led Zeppelin, Deep Purple, Yes o Jethro Tull alcanzaron suficiente fama como para hacerse completamente independientes, como para hacer lo que a ellos les parecía bien. ¿Y eso gracias a qué? Pues a que por entonces era el público el que decidía qué era bueno y era malo. ¿Y cómo decidían eso? Comprando o no los discos.

Eso se ha acabado. El público hemos dejado de comprar discos oficiales: o compramos en el top manta o bajamos la música de internet. La cuestión es que ninguno de los casos los músicos se ven beneficiados. Los supergrandes, los que están apoyados por las compañías y salen en las radios y la MTV no tendrán problemas: seguirán vendiendo lo suficiente. Pero los otros, los pequeños, aquellos que ofrecen un producto nuevo, original, auténtico, esos, sencillamente, no podrán sobrevivir, a no ser que le hagan gracia a algún ejecutivo. Lo diré de otro modo: antes eran los músicos quienes producían y la gente quien seleccionaba. Ahora no, ahora deciden las multinacionales.

Insisto: no quiero dar sermones. Esto no tiene vuelta atrás. Por mucho que yo diga aquí la gente no va a dejarse sus escasos euros en comprar una música que puede conseguir por nada. El hecho de que las pequeñas tiendas de discos estén cerrando y solo queden los grandes almacenes; el hecho de que cada vez haya menos conciertos de rock; el hecho de que la música que se hace se diseñe no en los locales de ensayo de los barrios sino en los departamentos de marketing de las grandes compañías; el hecho de que los músicos de rock no puedan vivir de lo que hacen y tengan que dedicarse a otra cosa; nada de todo esto va a cambiar nada.

Supongo que si ahora dijese aquello de rock'n'roll forever este escrito mío terminaría estupendamente bien, pero no lo voy a decir. No me sale bien decir cosas que no siento. Y lo que siento es que el rock se muere. No sé qué es lo que se avecina: no se me da bien hacer de profeta. Lo que está claro es que lo que está por venir será algo completamente distinto. Y no necesariamente mejor. Lo único que parece claro es que, sea lo que sea, será algo menos libre que el rock, este maravilloso inventó que estamos matando. Es posible que algunos grupos sobrevivan aún por algún tiempo: genial por ellos. Es posible que algunos comentaristas sigan diciendo eso de rock'n'roll forever : y es lógico: les va el sueldo en ello. Y yo, como ya he dicho, soy más viejo que el más viejo, y sobreviviré, como todos, a la muerte del rock.

Pero lo cierto es que el rock se muere. Y la vida será entonces mucho más triste..

El Archivista, 16-10-2005.



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Esférica, página oficial del grupo Cuatro Gatos.
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Última actualización: 11-8-2008. Primera subida a la red: 14-9-2003.
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